Siempre han ido de la mano el arte y las creencias. Pero los invasores arrasaban en primer lugar con las personas, seguidas de sus objetos amados, por aquello de dejar claro a los supervivientes, a quién o qué había que prestar atención en ese momento. Y los artefactos tallados o decorados que se han salvado, raramente traían adjunto un manual explicativo. Y más extraño todavía sería que las fuentes escritas que hacían referencia a ellos y han caído en las manos posteriores, por su carácter oculto, tuviesen fácil comprensión.
Ya que estamos, vamos al más difícil todavía. La conquista implicaba en la mayoría de los casos que a los dioses y diferentes doctrinas se les cambiase el significado a conveniencia. Eva podía ser Venus y Adán era intercambiable con Apolo, al menos en la forma, por poner un ejemplo.
Y llega el no va más. Algunas teologías no tenían una tradición de arte religioso, al tener prohibido representar figurativamente sus libros sagrados. El Islam tendía a ello, y también los judíos, que vienen al caso, pues llegaron los artistas cristianos y convirtieron el Antiguo Testamento en fuente inagotable de representaciones de cielo, infierno, la caída del hombre…y no sólo eso sino que además ligaron la narrativa de las vicisitudes de los judíos, héroes y profetas a su Nuevo Testamento y la vida de Cristo. Cristo llegó a ser casi tema único entre los creadores. Siempre un estímulo de todas las emociones: amor, pasión, culpa, desesperación, perdón y esperanza.
Por otra parte el Hinduismo, Budismo y Confucianismo provocaron un arte vasto y completo. Buda, en el XIX se convirtió en un símbolo, como Cristo, de iluminación divina.
¿Será por todo ello tanto misterio?
“Por mí se llega a la ciudad doliente.
Por mí se avanza hacia la eterna pena.
Por mí se va tras la perdida gente.
Dios al pecado señaló condena
y surgí entonces cual suprema alianza
del poder sumo y la justicia plena.
Y no existiendo en mí fin ni mudanza
nada me precedió sino Dios mismo.
Los que entrásteis perded toda esperanza.”










