Tiene gracia. Hoy tenemos las ciudades del pasado, del presente e incluso nos atrevemos a decir del futuro, a golpe de autopista, billete o ratón. Entonces viajemos en el tiempo y valoremos aún más lo que encontremos.
En el mundo clásico, decoraban las paredes de las casas patricias con ciudades para crear la visión de una ventana al mundo exterior.
En el Medievo, los artistas al estampar lugares que nunca habían visto, los pintaban tomando como modelos las urbes donde habían nacido. Un panorama parisién podía servir para retratar a Londres, Roma o incluso Jerusalén. De hecho la anónima Vista de Jerusalén, podría decirnos más de las ciudades anteriores que de ella misma.
Hacia el S. XVI y con el aumento de las conquistas europeas encontramos representaciones de aspectos de culturas foráneas que nunca habían sido expresadas con palabras. Ciudades aztecas por españoles anónimos, que merecen una futura mención aparte, por lo extenso del tema, o paisajes de pueblos orientales de moda por el comercio europeo.
La expansión de los puertos en tamaño e importancia se notó en innumerables cuadros, famoso entre ellos por su perspectiva, el anónimo para unos o atribuido a Philip Van Dyke por otros, Bristol Broad Quay. Los mercaderes tuvieron garantizado el derecho a traficar con esclavos, desde 1698 hasta 1807 y se estima que unos 2.100 barcos llegaron desde África y partieron hacia Las Américas sólo desde este puerto.
Y nos encontramos con dos extremos ya en el XVIII, de la mano del artista británico Hogarth, satírico ilustrador y muy unido al mundo de las letras (puso imágenes por ejemplo al Quijote de Cervantes).
Por un lado, representó este autor vicios de las grandes metrópolis, en los grabados de título El Progreso del Libertino, que dieron la idea al compositor ruso Stravinsky para la ópera del mismo nombre. Cuentan la carrera y desgracia de un joven campesino que tras heredar una inesperada fortuna, abandona a su novia y se traslada a la gran ciudad donde llevará una vida tan licenciosa que acabará con su salud, hasta dar con sus huesos en un manicomio.
Mientras que otra serie del mismo artista, ofrecía perspectivas de la vida en la ciudad, de los pobres y desamparados, excluidos del arte de alta escala, Los Cuatro Tiempos del Día, y acusando la abismal diferencia entre las clases alta y baja a lo largo de la mañana, el mediodía, la tarde y la noche.
Pero París, siempre París, fue la metrópolis que jugó el papel más importante en la evolución del arte moderno. Seurat y el ocio en los suburbios, los paisajes de Pissarro y finalmente el rompedor Edouard Manet, cuya obra ridiculizaron caricaturistas de la época y en la que sólo unos cuantos vieron el símbolo de modernidad que ha llegado a ser hoy.
